«[…] yo sostengo que el libro es un objeto al que hay que poseer. Tiene que haber una relación vital, amorosa con él. Por eso, yo también los subrayo, los araño, les hago notas marginales. Uno tiene que vivir con sus libros, irse a la cama con ellos, dejarlos marcados». Julio Ramón Ribeyro
Guardianes de la Galaxia, volumen 3 es la mejor película de la saga, y la mejor trilogía de Marvel hasta la fecha (seguida de Capitán América con sus sólidas Winter Soldier y Civil War).
Luego de esta, mi top 5 de películas de Marvel quedó así:
En Entre senderos de lavanda, Anna Leclerc, la protagonista, es una fotógrafa forense que se dedica a perennizar la escena del delito. Ella es una mujer en apariencia fría, fuerte, segura, con una mirada profunda, que vive en Marsella. Una noche, el teniente André Dubré, el jefe de Anna, le escribe porque la necesita para que fotografíe el cuerpo de una mujer que se había arrojado desde una azotea. El lugar no está muy lejos. Cuando retrata el cuerpo destrozado que yace sobre la calzada, Anna se da cuenta de algo que le resulta familiar. Esas manos solo podían ser de una persona. De su madre.
Anna tiene serios conflictos internos. Su madre, Lili Leclerc, con quien tuvo una relación tóxica y distante y a quien no veía desde hace años, nunca le reveló quien era su padre. Esa noche Anna decide refugiarse en la bebida y olvidarse de sí misma y de todo. Al día siguiente, cuando va al departamento de su madre para recoger sus efectos personales, el conserje le comunica que el departamento también cuenta con un casillero para la correspondencia. Luego de revisar su interior, da con un sobre oscuro que no tiene remitente ni destinatario. Ese sobre contiene una carta de despedida en la que Lili le explica a Anna el porqué de su comportamiento indiferente hacia ella, además de contarle quién es su padre. A partir de allí, Anna se embarcará en la búsqueda de su otra familia con la incertidumbre de no saber si será bien recibida.
En Voyager, la escritora Nona Fernández (Santiago de Chile, 1971) cuenta que su madre, de 79 años de edad, ha sufrido un episodio de epilepsia que le ha hecho perder súbitamente la consciencia. Por esta razón, Nona la lleva al hospital; allí le practican un examen mediante el cual, en una pantalla de un equipo médico, su actividad cerebral se verá reflejada bajo la forma de destellos de luz, haces luminosos que se asemejan a un firmamento. Justamente, el recuerdo que su mamá trajo al presente en ese momento fue el nacimiento de Nona. A partir de entonces, la escritora tejerá una serie de vínculos entre recuerdos y constelaciones, que será alternado con su historia familiar, mitología griega, astrología y otras conexiones impredecibles como la de la reciente vida política chilena y el filósofo Giordano Bruno.
Una de esas relaciones que establece la autora es entre una estrella, distante a años luz, y el recuerdo puntual que se ve reflejado en la pantalla de un equipo médico. Ambas, imágenes luminosas solo reproducen hechos pretéritos: la estrella, por su monstruosa lejanía, solo devuelve un resplandor remoto que puede tardar décadas e incluso centurias en llegar hacia nosotros, debido al límite impuesto por la velocidad de la luz; mientras que un recuerdo solo puede ser entendido en pasado, por su proyección en el presente.
Hasta hace poco estuve evitando deliberadamente leer El infinito en un junco, de Irene Vallejo, debido a la condición de bestseller de dicho título y a la cantidad de referencias positivas que me llegaron, las cuales produjeron exactamente el efecto contrario al esperado: cierto temor de que el libro no supere mis expectativas (ya de por sí altísimas) y mi particular desconfianza hacia los libros que ocupan la sección de los más vendidos.
Quien gusta de leer es muy probable que se vea atraído por libros que hablan sobre libros. Ese es mi caso. Ya había transitado con placer por títulos como Elogio de la educación, de Vargas Llosa; Losdemasiados libros, de Gabriel Zaid y Entre la voz y el silencio, de Margit Frenk; por esta razón, cuando visité una conocida librería sanisidrina no pude evitar llevarme a casa Manifiesto por la lectura, de Irene Vallejo.
Con una prosa cautivante y fresca que demuestra un genuino amor por los libros, el opúsculo Manifiesto por la lectura es una apología de la lectura, de los efectos positivos que reporta este hábito (mayor empatía, mejor capacidad comunicativa, etc.) y de la cadena humana que la sostiene (escritores, editores, libreros, lectores, etc.).
Acabo de enterarme de que falleció mi profesora Violeta, quien me dio a conocer por primera vez a ese señor llamado Truman Capote, cuando yo tenía apenas 18 años. Y aunque en su momento no terminé de leer A sangre fría, tenerlo conmigo hizo que lo acabara al poco tiempo (lo compré la primera vez que fui a Amazonas, junto con mi papá), en aquellos días en que consideraba a la literatura como una actividad de tercer orden.
Este es el libro que conservo con mucho cariño. El recuerdo de ambos (el de la profesora y mi papá) está impregnado en sus páginas.
Desde que supe que la 26ª edición de la Feria de Libro de Lima tendría como país invitado a Portugal, quise aprovechar esa inmejorable oportunidad para compartir un poco de la literatura portuguesa, cuya curiosidad surgió por añadidura, a partir de mi interés por el derecho procesal brasileño y la lengua portuguesa. Así, desde esta tribuna, que guarda un especial afecto por dicha lengua, iré calentando motores para tan esperado evento que, al fin, se llevará a cabo de forma presencial. Y qué mejor manera que comenzar con el multifacético y universal Fernando Pessoa (1888-1935).
Aforismos e afins, libro editado por Richard Zenith, reúne frases, aforismos y pensamientos varios de Pessoa, extraídos de toda su producción literaria que incluye, desde luego, la de sus principales heterónimos como Bernardo Soares, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, entre otros. La temática del libro se centra principalmente en la idea de Dios, el arte, el pesimismo, la religiosidad, el libre albedrío, el amor, la modestia y la soledad.
Muchas de sus frases son dedicadas a Dios, la religiosidad y el ascetismo, aunque el lisboeta no simpatice con ellas. El autor parece sentirse cómodo con el agnosticismo que, por cierto, también profesa su alter ego Bernardo Soares (Pessoa, 2013, p. 15). En uno de sus pensamientos más controversiales, probablemente muy influenciado por Nietzsche, menciona lo siguiente: «– ¿Dios, Dios, Dios? dijo el anarquista. Hace siglos que Dios murió; sin embargo, ha tomado tanto tiempo hacerle un cajón que ya infesta el aire su putrefacción» (Pessoa, 2006, p. 64).
Para ser sincero, cuando adquirí este libro pensé estar frente a un ensayo erudito sobre la pereza, un recuento filosófico de sus diversas concepciones a lo largo del tiempo. Pero la obra no solo explora, en cierta medida, estos temas, sino que también ofrece una perspectiva realista acerca de la condición humana y la sabiduría implícita –tantas veces ignorada– que contiene la pereza. El interrogante que pretende responder el autor es si la pereza debe ser considerada como un vicio que debemos extirpar de la naturaleza humana.
Este ensayo de Oriol Quintana (Barcelona, 1974) comienza con la perspectiva cristiana y humanista de la pereza y la persecución a la que fue sometida por estas tradiciones[1]. Ambas concepciones revelan una visión pesimista de la persona, de su suprema imperfección.
Desde fines de 2019 hasta comienzos de marzo de 2020, el escritor Manuel Vilas estuvo en Roma. Lo que vivió y sintió por esos días se condensó en Roma, un poemario editado por la prestigiosa editorial Visor, que destaca la belleza de dicha ciudad, la imperfección de la vida, la soledad ajena y propia, y la belleza en la edad madura.
De Roma sobresalen su abundancia y sus miserias: iglesias que se regalan a la vista del observador, mendigos castigados por el sol, el adictivo espresso doppio, dulces cuyos sabores detienen el instante, las interminables esperas en las paradas de autobús, los diálogos imaginarios de Vilas con entidades ultraterrenas, las cúpulas majestuosas: «Si la vida eterna, la gloria y el cielo fueran / lo que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina / el mundo sería arte y belleza y no vida y comedia» (Vilas, 2020, p. 57).
Manuel Vilas. Fuente: 20minutos.es
Roma, como casi todas las cosas que hay en ella, es un obsequio para los sentidos, respecto de lo ya visto y vivido. La verità, de Bernini, por ejemplo, le causan tal enajenamiento, que cree ver en ella el cuerpo de su mujer: «Me gustaría acariciarla, / besarla, / darle mi mano / darle mi pensamiento, / mi labio, mi cintura, mi cuello, / mi fidelidad y mi riqueza, / mis días serenos, altos, buenos. / Pedir su mano en matrimonio» (Vilas, 2020, p. 59).