Por David Ibarra
La mamita pela las habas mientras me conversa. No lo hace ni lento ni rápido. Compruebo que su memoria procedimental sigue intacta, a pesar del Alzhéimer. Alterno entre escucharla y hojear un libro, aunque no logro concentrarme en este último. Algunos minutos después me avisa que terminó. Mi desconfianza me gana. Quiero comprobar que todas las habas han sido peladas. Receloso, presiono las cáscaras con mis dedos. Trato de abarcar toda el área de cáscaras. Con disimulo. De pronto, la noto disgustada. Siente que he atacado su dignidad. «No soy una muchacha que no sabe pelar habas», me dice. Me rio, avergonzado. Así descubro que también conserva su severidad de antaño.
