El rostro de un libertador

La necesidad de darle un rostro a quien solo hemos escuchado por referencias de terceros hace que fantaseemos sobre cómo pudo haber sido en vida, quizá movidos por el instintivo miedo al vacío. Por suerte, una de las imágenes que se han conservado hasta ahora es la de don José de San Martín. En ella sobresale la cabellera completamente pelicana, su marcada delgadez y una levita oscura y gruesa. Aún mantiene la severidad intacta a sus setenta años. La luz natural le llega desde el lado izquierdo e ilumina esta parte del cuerpo mientras aguarda acodado en lo que sería una silla. Y si somos observadores podremos advertir incluso una huella dactilar en el extremo inferior derecho del daguerrotipo.

Hoy se cumplen doscientos años del desembarco de San Martín en Paracas, del decisivo paso que posteriormente significó la independencia del virreinato del Perú. En una hipotética evaluación sobre estos casi doscientos años de vida republicana, ¿obtendremos una nota aprobatoria?

Fuente: clarin.com

La muerte térmica

Acabo de ver un video acerca de lo que sería el fin del universo, la muerte térmica, agujeros negros por doquier, el día en que se agoten todas las fuentes de energía. Y yo, hace unos minutos, leía sobre la importancia de la eliminación del doble grado de jurisdicción. Se me quitaron las ganas en un tris. ¡Qué irrelevante que es la vida!

Bendición misteriosa

Un señor de aspecto muy humilde y con unos cincuenta años a cuestas, viene dos veces por semana a la tienda para imprimir las tareas y lecciones que los profesores le dejan, supongo, a su hijo o hija, que pertenece al cuarto grado de primaria, sección B, de un colegio cuyo nombre desconozco. Él me reenvía por guasap los textos e imágenes que, previamente, le han remitido los docentes. Luego pasa a recoger las impresiones, ataviado con mascarilla y protector facial.

En los textos siempre hay mensajes religiosos, de aliento ante la adversidad y un recordatorio de la importancia de mantener la distancia social. Y concluyen, invariablemente, con una bendición para la familia.

Pero esos mismos textos contienen, sin excepción, sendos errores ortográficos. Así que mi modesta contribución para ese alguien que no conozco y que está en proceso de aprendizaje, es leerlos y editarlos. Aunque no haya un pago adicional. Porque en su lugar me habría gustado que alguien hiciera eso por mí. Y sobre todo porque guardo una silenciosa admiración por ese papá que dentro de sus evidentes limitaciones elige educar a su hijo.

«Los hijos son una bendición misteriosa. Te inyectan vida, te usurpan vida»[1], dice Renato Cisneros. ¡Cuánta verdad hay en ambas frases!

Referencias bibliográficas:

CISNEROS, Renato, 2019: Algún día te mostraré el desierto. Lima: Alfaguara.


[1] (Cisneros, 2019, p. 63).

[Reseña] Mario, de Carlos Enrique Freyre, Jesús Castro, Domenico Pagano, Daniela Gamarra y Omar Carrillo

Por David Ibarra

Qué difícil es abarcar tanto en tan poco espacio. Quienes adaptan una novela para un largometraje siempre reciben críticas relacionadas a la omisión de pasajes, personajes o detalles específicos, proveniente de lectores atentos y diligentes que saben detectarlos al instante. Pero si se trata de condensar toda una vida intensa como la de Vargas Llosa en una historieta, la labor se complica hasta extremos difíciles de concebir. Y todo corte necesariamente será arbitrario. Pero ante esto queda una alternativa: el tratamiento cinematográfico de la historia.

De esta manera nace la historieta Mario. El universo Vargas Llosa (2019), con el guion a cargo de Carlos Enrique Freyre. Esta se divide en cuatro capítulos (origen, formación, expansión y consagración), y sintetiza los aspectos fundamentales de la existencia y el origen del proceso creativo del Nobel, acompañados de ilustraciones bien logradas. Y nótese que no es casualidad que los trabajos de Freyre también hayan abarcado guiones para películas: Vidas paralelas (2009) y Gloria del pacífico (2014).

Su niñez en Cochabamba, el viaje a Piura, el schock que le significó conocer a ese señor que era su padre, sus vivencias en el Leoncio Prado, los inicios como periodista en La Crónica y La industria, el periodo en la UNMSM, la militancia socialista, el amorío con su tía Julia Urquidi, el viaje a la selva peruana y a Europa, su desencanto con las revoluciones, la consolidación de su carrera como escritor, su postura ante el anuncio de estatización de la banca, su campaña presidencial y la obtención del Nobel. En todas ellas, las transiciones en el desarrollo de la trama se sienten ágiles y naturales, con un acertado empleo de la analepsis y prolepsis, en imágenes.

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[Relato] Avó

Por David Ibarra

Maria acorda. Ela se levanta com dificuldade e põe os chinelos. Caminha devagar.  Curvada. Enxergando o chão. Quando era moça, ela era forte como um touro e gata. Ainda mantém a severidade no seu rosto. Chega até o sofá e se senta. Seu filho saiu de casa faz uma hora para o trabalho. Tomou café da manhã com ela. Agora ela não tem com quem falar. Mais, não importa. Aprendeu a falar com a televisão.

No primeiro andar, acima, seu neto briga com seus filhos pequenos. Quando escuta os gritos, ela se sente contente. Imagina-se acompanhada mesmo que não seja assim. Ela não pode ter boca de siri, mesmo se quiser. Esquece tudo o que acontece. E repete tudo, todos os dias, dezessete ou vinte vezes, como uma máquina. Recebe uma chamada telefônica para lembrá-la de tomar os medicamentos, com o almoço, tentando deter o esquecimento. Para evitar uma intoxicação, lhe deixam uma só pastilha.

Sua filha Beatriz é a ovelha negra da família. Não a visita. A outra filha fez questão dela não sair de casa. O toque de recolher a deixou isolada. O dia termina. Seu filho retorna a casa. Tudo se repete. E assim será amanhã, e depois também. Ela representa a rotina na vida.

[Relato] Recuerdos que aprietan el corazón: El Super Nintendo

Por David Ibarra

Cuando tenía entre 5 y 6 años –allá por el lejano 1995– mi papá nos regaló un Super Nintendo (SNES), un aparatito rectangular de color gris, acompañado de un único cassette: Super Mario World. Y fue suficiente. No precisamos de más títulos. Mi hermano elegía al personaje Mario, el más bajo; y yo a Luigi, el más alto (sin saber que con el tiempo nuestra estatura no se correspondería con la de los personajes).

Fuente: Starland.com

En ese tiempo teníamos un pesadísimo televisor Sony Trinitron KV-1913, de 29 pulgadas. No tenía control remoto, así que había que tener cuidado de no encenderlo con los dedos mojados. Los botones de los canales –alrededor de catorce– se ubicaban al lado derecho, en una hilera dispuesta verticalmente. Pero era un elefante blanco. Los cerros aledaños a la zona no le permitían captar una buena señal, y las antenas en forma de «orejas de conejo» no le producían una mejora sustantiva.

Sin saberlo, hicimos de médicos. Las antenas eran como un estetoscopio, y nuestro paciente, el televisor. La imagen nos devolvía con fidelidad el estado de su respiración. En última instancia, cogíamos el cable pelado de la antena y hacíamos contacto con un área de la parte trasera del televisor que mejoraba la calidad de la imagen. El procedimiento podía demorar varios minutos, lo cual ponía a prueba nuestra paciencia de niños (un movimiento en falso de tan solo un milímetro podía estropear todos los progresos conseguidos hasta el momento). Los únicos canales que con decencia captaba el armatoste eran Pantel –ahora Panamericana– y América. Y si se alineaban los astros, lo que no ocurría casi nunca, también Frecuencia Latina –ahora Latina–.

En estas sombrías circunstancias llegó la consola de Nintendo a nuestro hogar.

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[Reseña] La abuela, de Chris Pueyo

Este libro de no ficción significa muchas cosas a la vez: la inocencia de los primeros años, el calvario de la manipulación, el inexorable paso del tiempo, el deterioro de nuestros seres queridos, la supervivencia ante el maltrato físico y psicológico, y el coraje de asumir las consecuencias de nuestras propias decisiones. Y todas ellas giran en torno a la abuela del escritor Chris Pueyo, Carmen, la protagonista de la historia, que también es su madre, pero que, además, bien podría ser la nuestra.

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Nunca más pasearemos a la luz de la luna…

El Gobierno ha dispuesto mediante decreto supremo que, una vez terminado el aislamiento social obligatorio el 30 de junio, la restricción por las noches se mantendrá hasta el 31 de julio, desde las 22:00 hasta las 4:00 horas.

Mientras tanto, hasta entonces y quien sabe, incluso mucho después, no pasearemos más a la luz de la luna. Y amaremos un poco menos.

Así que nunca más pasearemos

tan tarde de noche

aunque el corazón siga enamorado,

y aunque siga brillando la luna.

Pues la espada gasta la vaina,

y el alma gasta el pecho,

y el corazón tiene que pararse a tomar aliento,

y el amor mismo ha de descansar.

Aunque la noche fue hecha para amar,

y el día vuelve demasiado pronto,

nunca más pasearemos

a la luz de la luna.

Lord Byron.

Así es la vida cuando comienza

papá, un año de edad

Hace unos días, cuando tenía programado publicar un texto sobre papá, así de repente como suele suceder, mi tío H. me mandó, sin que se lo pidiese, una foto donde aparece la tía J. y mi papá, quien no debe tener más de un año de edad. Mientras se lleva algo a la boca, la tía J. le dirige una mirada atenta y protectora. Ese bebé que aún no es mi papá y es otra persona, todavía no tiene conciencia de que morirá dentro de sesenta años, lejos de Cajamarca, lejos de esa ciudad añosa, con sus tejados dispuestos para resistir la lluvia, sus pisos altos y balcones estrechos. A un extremo de la imagen, un niño estibador con carretilla en manos y distraído de sus labores, mira con curiosidad a ambos.

Así es la vida cuando comienza, siempre quiere acaparar la atención de los demás.

Aunque sea con un apunte de un celular

 

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Cada vez que encuentro anotaciones, escritos o cualquier otro documento donde aparezca la letra inconfundible de mi papá, lo guardo con afecto. Es un bien no renovable en vías de agotamiento. No habrá nadie más que escriba como él, con sus letras mayúsculas y triangulares para casi todo (sobre todo sus “A”). En vida nunca conocí su letra minúscula. Cualquier ejemplar que se deseche, incluso un insignificante y apurado apunte de un teléfono fijo o celular, sería una pérdida irreparable que sufriría mi mundo. Un atentado de lesa humanidad. Porque su huella física, la prueba de que alguna vez existió, se desvanece con los años. Y porque al perderse, lo pierdo también a él.  Es por su permanencia constante por lo que lucho, aunque sea con un insignificante apunte de un celular.