[Fragmentos] El cuento de mi vida, de Andrés Caicedo

«Patricia resultó ser una niña malcriada, exigente y desconfiada. Ella me sedujo y me atrapó. Su amor fue como un viaje sin regreso por la selva más tenaz de todas, la del Chocó; fue como pasar hambre y darse después un festín y emborracharse con cerveza helada. Yo creo que ambos éramos unos niños al conocernos y juntamos nuestras malas crianzas y hacíamos el amor de una forma perfecta» (Caicedo, 2007, pp. 25-26).

«Quédate esta noche, por favor. ¿Cómo te vas a ir sin el equipaje? Dame algo de alegría, porque tú eres mi alegría y yo tengo en estos momentos el corazón en pedazos y ya no sé dónde recogerlos, ya no sé qué hacer con ellos. Me deprime también la posición tan inestable mía en este departamento. Si tú te vas yo me iré, claro, al lado de mi mamá, a intentar crear un mecanismo de soledad que sea casi perfecto. Tengo necesidad de ti, amor mío. Puedo acostumbrarme a estar sin ti, pero nunca a olvidarte» (Caicedo, 2007, pp. 100-101).

«Patricia, entregaría mi vida a cambio del privilegio enloquecedor de abrazarte, de recostar mi cabeza en tu pecho, y abrazarte, encontrar la seguridad en ti. Alto. ¿Será que te has ido para el campo? ¿Para Pance? Ahora vino H. A. Tenorio con la idea de sacar una revista trimestral sobre arte en general y quiere que yo le colabore y yo claro que con mucho gusto. Pero antes necesito verte, vida mía, amor mío, mi dulce, mi bella, mi placenteramente insoportable perdición. Aparece, Patricia, ven a mí, vente conmigo nuevamente, aunque sea la última. Yo te necesito, yo te lo he repetido mil veces, no soy nada sin tus besos, no me dejes solo, no me dejes solo, vienen a mi mente miles de canciones cursis pero ninguna alcanza a expresar mis ansias, mis sentimientos. O déjame, está bien, pero concédeme la tranquilidad de no volver a pensar en ti jamás. Te adoro, te idolatro, si no puedo vivir sin ti llevaré, supongo, una especie de anti-vida, de vida en reverso, de negativo de la felicidad, una vida con luz negra. Pero brilla el sol, tú puedes estar cerca. Ahora salgo a buscarte. Amor mío» (Caicedo, 2007, p. 102).

Referencias:

Caicedo, A. (2007). El cuento de mi vida. Verticales de bolsillo.

[Reseña] Los abismos, de Pilar Quintana

Los abismos, ganadora del Premio Alfaguara 2021, coloca –una vez más– sobre la palestra internacional a la escritora colombiana Pilar Quintana (Cali, 1972). La historia se desarrolla en la ciudad de Cali, en ambientes tupidos de vegetación, teniendo como telón de fondo a ríos que surcan la localidad y montañas imponentes. A través de la enternecedora mirada de Claudia, una niña de 8 años, (re)descubriremos el mundo, sin ese equipaje de conocimientos previos y prejuicios y, en su lugar, usaremos el prisma de la dulzura e inocencia propias de la edad (aunque también el de la angustia y melancolía).

Claudia es una niña que vive en un dúplex, cuyo piso inferior se encuentra poblado por una densa vegetación a la que denomina «la selva». La niña no recibe atención por parte de su madre –también de nombre Claudia–, al punto de ser casi ignorada. Tiene estrictamente prohibido hablar con la empleada. La madre permanece gran parte del día recostada en la cama ojeando las revistas ¡Hola! y Vanidades, anhelando una vida que no posee, e interesándose por la muerte de las famosas y el cuidado de las plantas. No obstante, toda esa monotonía le produce algo muy similar a la depresión.

Por otro lado, Jorge, el padre, trabaja como administrador de supermercado casi todo el día, y es incapaz de mantener una comunicación fluida con su hija: adolece de silencios incurables. La tía Amelia, hermana de Jorge, es la única que se interesa en ella, aunque no la ve muy seguido. Todo este cúmulo de desatenciones hará que la hija se refugie en su muñeca Paulina.

Pilar Quintana. Fuente: infobae.com

Una muestra de esa inocencia y dulzura que impregnan el libro se encuentran en el siguiente fragmento:

«Llegó el momento. Nos levantamos en orden y pasamos en pares al altar. Pensé que al recibir la hostia y el vino, que eran el cuerpo y la sangre de Cristo, sentiría un cambio profundo. Que, libre de pecado y tomada por Él, quedaría ligera, lista para volar. Me concentré. Fue decepcionante. Lo único que ocurrió fue que la hostia se me pegó en el paladar y me pasé el camino de vuelta a la banca luchando para quitármela con la lengua, pero delante de mis compañeras, de María del Carmen, que tenía lágrimas en los ojos, fingí que había sido espectacular»[1]

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