
El día de ayer, 24 de agosto, vine a despedirme del Metro de la UNI. Cada vez que iba a la universidad o al trabajo (o cuando emprendía el camino de retorno), este formaba parte del paisaje urbano –un personaje más– que acompañaba la ruta de los buses que recorrían la avenida Tupac Amaru (o Gerardo Unger) y/o sus auxiliares. Hace muchos veranos –me da escalofríos la sola idea de pensarlo–, los transeúntes solían bailar fuera de sus instalaciones, aprovechando las clases de baile gratuitas para ponerse en forma; otros distraían la mirada en su pequeña granja, sobre todo los más pequeños. Algunas veces fui al Cinestar con mi enamorada de entonces, aunque no podría precisar bien qué películas vi. Supongo que tanto Megaplaza como el Plaza Norte, sus rivales más cercanos, lentamente desplazaron en atracción al Metro de la UNI. Con el tiempo se abren nuevas tiendas y otras se cierran. Es la ley de la vida.
En uno de los avisos de cierre del centro comercial (que funcionará hasta este 27 de agosto), alguien escribió la siguiente frase: «Vivirás siempre en mis recuerdos Metro. Gracias por darme una buena infancia». También lo siento así. Apenas sustituiría la palabra «infancia» por «adolescencia».
